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El peluche del mal
28 Noviembre, 2007, 8:04 am
Archivado en: Política, Sociedad | Etiquetas: , ,

El otro día, leyendo el blog de mi colega Rennie, asistí una vez más a la corriente de hartazgo que algunos alimentamos sin mayor intención pero lo cierto es que, nos guste o no, es la suma de opiniones la que genera el horizonte apocalíptico futuro que se traza para nuestra joven democracia y creo que tenemos que echar el freno antes del derrapazo.

No vamos tan mal. No somos genéticamente, ni siquiera culturalmente mezquinos, necios ni vagos. El problema es que establecemos comparaciones de carácter cuantitativo cuando debería ser cualitativo. Ni más ni menos: sólo distintos. En ese sentido, el Estado que ocupamos es equiparable en nivel de bienestar al del resto de Europa, lo cual, puestos a buscar una meta, habría de ser más que suficiente (y no estoy siendo conformista; hacía mucho que no estábamos tan bien).

Que hay grandes problemas que no se subsanan y que algunas tendencias negativas siguen su curso es algo que no nos pilla de nuevas: pensemos que también hemos ido superando otra serie de trabas generacionales y culturales que nos liberan paulatinamente. El caso es que, con el avance social, se crean nuevas inquietudes junto con las bondades generadas ya sea por una buena gestión, o por el orden natural de evolución de las cosas pero el hecho es innegable: todo lo bueno se equilibra con algo malo.

Por eso, en cierto modo me tranquiliza convivir en una sociedad donde cosas como la que le pasan a Gillian Gibbons no son aceptables. Relato brevemente:

Gillian Gibbons es una profesora británica que trabaja en un colegio de Sudán. En él, imparte una asignatura destinada al conocimiento del Medio Ambiente en la que, para facilitar la asimilación de conceptos a sus jóvenes alumnos (de unos seis años), se toma a un animal de peluche al que se le da un nombre escogido por consenso en la clase y cada niño se lo llevará un día a casa para elaborar un diario. El osito escogido en esta ocasión fue llamado Mohammed (Mahoma), un nombre muy común en un país de religión musulmana, pero que va a costar caro a Gillian, porque ahora se enfrenta a un delito de injurias al Profeta que puede suponerle una pena de seis meses de prisión, una sanción económica o cuarenta latigazos. Se ve que, al igual que no puedes llamar Napoleón a un cerdo en Francia (verídico), hay que tener mucho cuidado en Sudán con dónde pones el nombre de Mahoma.

Por comparación, a veces tengo la sensación de que nos quejamos de puro vicio. Yo, mientras tanto, sigo esperando la gran bola de mierda. ¿Cómo lo ven Vds.?

Actualización en iPod Series: Entre otras subidas, por fin el episodio 3 de Gominolas.